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Conrado Victorio Domingues de Souza

Costa del Chubut, 13 de noviembre de 1895


Conrado Victorio Domínguez De Souza
el Portugués
gusta pasear los sábados por la mañana
por el inmenso cangrejal
que festonea el lado sur de la estancia.
Por allá camina, por donde el mar
golpea el médano
con lonjazos que crujen
saturados de salitre viejo y amargo.
- Ésta tierra es mía – dice Conrado Victorio
y de un bastonazo la jarilla vuela
verde, brillante, breve.
- Ésta playa es mía – dice, y gira sobre su pierna sana
- Cada granito de arena es mío- dice, y escupe saliva, sangre o vinagre.
- Vos sos mío – le dice al mar
y de las tristes profundidades de su bragueta
hace surgir un chorrito enclenque
que se funde con la inmensidad.
El cangrejal se pierde hasta el norte y hasta el sur.
La playa de arena fina y barrosa
está como picada de la viruela:
un millón de hoyitos
un millón de cangrejos
saludando con sus tenazas al viejo sol.
- Los cangrejos y los hoyitos también son míos – dice Conrado Victorio
y con la punta de la bota insulta la boca de una de las cuevitas.
Unas tenazas airadas apartan la arena
con dos sacudidas
y tajan el aire.
- ¡Ah! ¡Querés pelear! – se ríe Don Conrado
y se agacha hasta la altura de un cangrejo.
Busca un palito, algún arma barata y eficaz:
en aquel peladero no hay nada.
En sus bolsillos sólo hay billetes nuevos
de ésos que le gusta sobar de tanto en tanto
sin sacar la mano del bolsillo.
Conrado Victorio Domínguez de Souza
arma un tubito con una sola mano
(de paso se recuerda, jinete, amo y señor,
pitando tabaco del más áspero)
y le tira una estocada juguetona
al feo rostro del animal.
-Vos me hacés acordar a alguien – dice entre dientes Don Conrado
- Alguien que debe estar enterrado por acá nomás – finta y estocada
- Pobre infeliz – finta y estocada.
- Pobre infeliz – finta y estocada.
- Pobre infeliz – finta y estocada.
Conrado Victorio Domínguez de Souza
siente que el tiempo es como cangrejo
yéndose de costado
por el costado más oscuro de la memoria.


Era una tarde de viento agrio
aquella en la que citó al Vasco Basaldúa
en la boca del cañadón
que era como una cicatriz conversando con el mar.
- Traé la platita ésa que me dijiste que tenés –
le había dicho al Vasco – Tengo un negocio para vos.
- ¿Trajiste la plata? – le preguntó al vasco
apenas lo vio asomar
entre las matas de espinillo –
- Vos estás loco. Que querés, Portugués.
- Quiero comprar estas tierras.
- ¿Este cangrejal?
- Todo esto, hasta aquellas lomadas:
hay un manantial allá,
por el lado de las cortaderas. Dame la plata y somos socios.
- Vos estás mamado, Portugués, esa plata es para irme de acá. Me quiero volver.-
y volteó hacia el mar, de donde venía
un olor rayado de algas y pescado muerto.
- Mamado tu abuela – gruñó el portugués
mientras descargaba el palazo.
- Pobre infeliz – rezó
mientras lo pisaba entre los omóplatos
le tiraba los pelos para atrás
y lo degollaba de un tajo.
Conrado Victorio Domínguez de Souza
se quedó mirando
el riachuelito rojo que bajaba apenas
hasta la línea de marea
y teñía la espuma de la liviana rompiente.
Como en medio de un sueño,
cavó entre los hoyos del cangrejal,
empujó adentro al Vasco Basaldúa, lo tapó bien
y después, tranquilo, fue a buscar la plata
que el vasco le había confesado tener
entre dos malos porrones de ginebra.

- Pobre infeliz – finta y estocada – tu platita la invertí bien.
- Ahora todo esto y hasta detrás de las lomadas es mío – finta y estocada
- O nuestro... – finta risita y estocada – Pobre Vasco, pobre infeliz.
Veloz como un mal recuerdo
una pinza atrapa el billete y lo mete en la cueva.
- ¡Dame eso, carajo! y mete dos dedos.
El picotazo, más que dolerle, lo enfurece:
- Dame eso, cangrejo de mierda – y se pone a escarbar.
Por entre los arroyitos de arena
la cuevita sigue y sigue.
Furioso, Don Conrado Victorio hunde el bastón en la arena
como en el lomo de una ballena muerta.
Clava y clava y escupe hasta que la arena se desmorona
con un quejido de seda.
Conrado Victorio Domíngues de Souza
cae y cae aferrado a su bastón.
Golpea suave contra el fondo
y abre los ojos a una luz que no viene
ni del sol, ni del fuego ni del relámpago.
Son las paredes de roca las que exudan una luz verde y aceitosa.
Como en un nicho: un esqueleto
un cachivache desarmado.
Una calavera volteada de lado, mirándolo
como miran las calaveras:
vacíos los ojos
y todos los dientes
en una risa eterna
en la que brillaba, verdoso, un diente de oro barato.
- Sos vos, Vasco, pobre infeliz – lo reconoce Conrado Victorio.
En ese momento siente la mordida,
en la mano apoyada en el suelo.
Revolea la mano y el cangrejo vuela y estalla contra la pared.
Y ahí los ve.
Cien o trescientos o mil cangrejos
que se le vienen al humo.
El bastón comienza un tic tac de péndulo,
la puntera de plata brillando en la luz biliar.
Los cangrejos no se cansan de venir,
como olitas de un mar empecinadamente vivo.
Los cadáveres se apilan hasta entre las costillas
del Vasco Basaldúa
que parece mirar
y que parece reír.
Después de un rato los cangrejos se retiran,
pero no muy lejos.
Pasa una hora.
Pasan dos.
No hay forma de salir de ahí.
La tenaza del hambre muerde
en el esófago y en el estómago.
Distraído, Conrado Victorio le arranca la pata a uno de los cadáveres
y muerde. Y chupa.
- No está mal – le dice al vasco. ¿Vos querés?
Conrado Victorio Domíngues de Souza come y come.
Y cuando viene el segundo ataque
se siente fuerte y dichoso.
- El Portugués gana siempre, bichos de porquería, para que lo vayan sabiendo.
- Me los voy a comer a todos.
Una semana después, las cáscaras de los vencidos
se desparraman por toda la inmensa cueva.
De alguna manera misteriosa,
la carne que chupa de esas patas quebradas a bastonazos
lo mantiene fuerte y sin sed.
- El Portugués gana siempre, sabandijas - grita Conrado Victorio
escupiendo cáscaras y tenazas-
- Siempre.
- Siempre.

Dicen que en alguna noche oscura
se ve salir de algún hoyito del cangrejal
una luz verde, una luz enferma.
Dicen que cuando no hay viento
revientan golpes y risitas
contra los acantilados.
Dicen que uno escuchó, una vez, como desde muy lejos,
una voz que sonaba a piedra pómez
y a sulfuro
y a óxido fatal:
- Y vos de qué te reís, Vasco jetón.
- Infeliz.
- Pobre infeliz.

 

Autor: Bruno Di Benedetto

 

Datos del Autor: Bruno Di Benedetto nació en Avellaneda en 1955. Desde 1979 reside en Puerto Madryn. Ha coordinado talleres de escritura y creatividad para escritores y docentes. Realizó programas radiales y televisivos y publicó artículos en diversos medios gráficos. Ha publicado los poemarios “Palabra irregular”, “Complicidad de los náufragos”, “Dormir es un oficio inseguro” y “Vengan juntos” (relatos) Permanecen inéditos “Crónicas de muertes dudosas” y “Country”.

Voz: Autor

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